Relatos

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A escala

Con nosotros viaja y se cuelga, en la primera pared que se nos topa, un mapa apropiado, con referencias, rutas delineadas, detalles minuciosos, lugares apuntados y distinguidos entre aquellos en los que se durmió y los que fueron solo un paso. A mí me gusta mirarlo y casi no me creo que yo, que nunca pude seguir sistemáticamente nada, ni si quiera una agenda, ni siquiera una lista de compras, ahora sigo la coherencia de la tierra y ya no hay adelante ni hay atrás. Frente a mis ojos, gigantográficos, se expanden complejos sistemas de cañerías, rutas, ríos, locas loquísimas, divisiones geopolíticas que ahora, cuando el desplazamiento es tan fluido y natural, dan más risa que nunca. La línea que marca el trayecto se extiende cada vez más y es un buen ejercicio observarla, porque a veces, en la carretera, desde la cabina de algún camión, la perspectiva se pierde y el camino no tiene tiempo ni tiene forma. Ahora estamos en algún punto al interior del nordeste brasilero, es tarde e intento que ninguna extremidad del cuerpo se me escape de la colchoneta para evitar así cualquier tipo de contacto con el suelo que quema aceite. Los sueños huelen a gasolina y sal de mar que ya quedó lejos pero me la traje en el vestido. Por primera vez cumplimos con lo dicho y salimos de Pedro II bien antes del mediodía, pero gracias a un desvío imprevisto que incluyó cerveza, Red Label y carne con papas apenas avanzamos unos pocos kilómetros. Abro los ojos directo a un reflector y tardo en ubicarme, ¿dónde era que estábamos ahora? La placa de un auto responde automáticamente y me pregunto si Campo Maior tendrá algo más que esta Petrobrás. Intento volver a dormir, diez segundos o diez horas más tarde creo que tuve suficiente piso y ya sentada me ofrezco a cubrir la guardia mientras L y J duermen. Entrada la madrugada los playeros y yo nos quedamos sin café. Me lavo frenéticamente los pies en el baño de la estación, quince minutos y los tengo igual de sucios: ahora llevo una bolsa de cebollines atada a la mochila porque un camionero que iba en sentido contrario lamentó no poder llevarnos. Según la Cuatro Rodas mapa número 37-2B estamos cada vez más cerca de San Luis, la Tierra Prometida, no tenemos idea de qué hay allí pero la inminente llegada se vive con demasiada fascinación. El amanecer atolondrado del trópico despierta primero a L y después a J. Entro en el mercado de la estación que acaba de abrir y espero a que la mujer termine de rezarle al canal de cable cristiano. Termina. Me mira un buen rato y después lo dice: lamento mucho que tengas que vivir así. Yo le sonrío, la sonrisa bien amplia, es casi risa que estallará lejos de su tienda, que no lo lamente más, que estoy donde quiero estar, y que podría estar en cualquier otra parte. La señora niega con la cabeza mientras me sirve un café. Repite que lo lamenta. Repito que es un gran momento para todos. Ella y yo nos quedamos en silencio y yo me sumerjo en mi menjunje de razones, porque para qué negar que muchas veces trepa por mi cuerpo esa sensación de rozar lo absurdo con la punta de los dedos y preguntarme por qué, y también, siempre todos tan fieles al utilitarismo heredado, para qué. Para expandirme y abrazarlo todo, quizás, porque me escapo, me pierdo, me encuentro y me oxigeno,  para llenarme de valor, para perderle miedo al deseo, para bañarme en todas las aguas, para aguantar la respiración, para vivir la historia, sin pastillas de freno, para encontrarnos en alguna esquina, por amor a la casualidad, porque me crecen los brazos y me crecen las piernas y veo mi cuerpo abrirse paso a zancadas entre las manchas verdes y marrones y por qué no azules del mapa en la pared, del globo terráqueo en la punta izquierda del escritorio de mi infancia, de todos los mapamundis empolvados en bibliotecas y memorizados sistemática, automáticamente, en todas las aulas que preparan a uno para repetir el mundo sin apropiárselo jamás. Le pago. Cuenta las moneditas una por una. Faltan cinco centavos. Me los reclama y se la siente ansiosa por regresar a su misa coaxial. Se los doy. Sonrío. Cuando salgo L y J están listos con sus mochilas al hombro. Discutimos sobre qué tipo de carro tocará hoy. Rojo, suele ser rojo, y así, con las mochilas estacionadas a la sombra de un cartel de velocidad máxima, nos entregamos al camino.

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Paraíso Mutante

Si te concentrás, si realmente te concentrás, podés escucharlos. Yo me sumerjo y lo único que escucho son las burbujas que salen de mi nariz. Salgo a la superficie, me tomo de la tabla y le digo que no escucho nada. Ella dice que hay que tener paciencia y dejarse llevar.

Llegué a Pipa un sábado santo, ya entrada la noche, eran casi las 10 y el pueblo era una gran masa de vestiditos de verano dispuestos para la noche. Vine a Brasil a visitar a mi amiga S que estaba medio instalada en Pipa. A S siempre le sucedieron cosas increíbles, las actividades más mundanas, como bajar a comprar puchos, tomarse un colectivo o pagar las cuentas siempre fueron para ella aventuras surrealistas con desenlaces descabellados, así que ahora me río de mi propia ingenuidad por haber creído, siquiera un momento, que yo podía sólo visitarla, como si en este mundo fuera posible visitar a S sin que se te imprima un poco de su esencia y todo se vuelva un poquito más loco. La cuestión es que llegué a Pipa, bien de noche, entre la gente, con el modesto objetivo de nadar a la par de un delfín, purgarme de ciudad y volver a ser yo como si nada. En este punto anacrónico del relato, hace sólo 15 días que salí de Buenos Aires y todavía no conocí a nadie, mi cabeza está un poco allá, un poco acá. Resulta que S tiene una infección en la pierna que se hizo cuando quiso posar para una foto en la punta de un palo en medio del mar. S decidió, por primera vez en 23 años, hacer caso a los consejos médicos y mantenerse lejos de la arena, así que en mi anteúltimo día tropical camino sola de una punta a la otra del pueblo para mi cita con los delfines. Llego a Praia dos Golfinhos dispuesta a empezar y terminar un libro de Gilberto Noll pero, después de comprarme un coco y extender prolijamente el pareo, una ojota en cada punta diagonal, descubro que de la página veinte pasa a la sesenta, y de la ciento veinte a la sesenta otra vez y la historia se repite sin esas sesenta misteriosas páginas. Entonces, sólo queda mirar el mar y adaptarme al tiempo de los delfines como terapia alternativa para controlar la ansiedad. Cuando llegan los barcos con turistas significa que hubo delfines pero huirán espantados y ya no habrá más. Uno de los grandes encantos de Pipa es que las distancias son tan cortas que no le hace falta a nadie caer en las redes carroñeras de las excursiones turísticas, pero aparentemente siempre habrá un mercado que prefiera subirse al bote y no caminar por la orilla del paraíso. Así que mientras veo los cuerpecillos con flotadores saltar y subir, saltar y subir, Intento desafiar mis propias limitaciones y hacer equilibrio sobre una tabla de stand-up; pasado el mediodía  decido que remar de rodillas tiene un estilo propio, rústico, de improvisada practicidad, y dejo de intentarlo; a primeras horas de la tarde le cuento, en la parte trasera de un cayac, mis dramas urbanos a la nuca de un desconocido que prometió encontrarme un delfín. No lo encontramos. Vuelvo a la orilla, como un espetinho de frango, cortesía del desconocido, y entre latitas de cerveza sigo mirando el mar. En Pipa uno aprende a guiarse por el reloj de las mareas, el agua empieza a subir, se termina la tarde, y es hora de volver.

Llego al pueblo en pocos minutos. Es la primera noche sin C, C fue mi primer lindo descubrimiento humano de este viaje, después de ser conocidas casi extrañas durante años, resultó ser una gran compañía. Es tarde, C no está, el calendario avanza, falta tan poco para irme que arrastro a S a tomar una cerveza como en los viejos tiempos, aunque en Brasil la cerveza viene sin maní y uno no sabe bien qué hacer con las manos cuando ya no hay nada que beber pero la charla continúa. De todas formas, hoy eso no resulta un problema porque S ahora funciona a energía solar y duerme con la primera estrella, así que mientras le hablo y le hablo de mi año sin ella, de mi extrañísima vida bonaerense sin ella, con la cerveza casi sin tomar, S cierra los ojos y cabecea. Algo así como que mejor se vaya a dormir, que yo me quedo un rato deambulando por el centro a ver si la multitud de los últimos días de temporada me aleja un poco de mí, algo así. Y entonces recorro la única calle del centro como un fantasma que nadie ve, soy absolutamente extraña, soy mil historias, soy la potencialidad de todos los seres. Me siento en un escalón medio dentro medio fuera de la multitud  para protegerme de todo el caos que late en la rua, los dos bares, únicos y enfrentados, batallan protagonismo con armas de sonido amplificado sobre el suelo de adoquines y confunden turistas sedientos de noche que no pueden decidir a cuál ritmo bailar. Mi amigo LF, otra de esas personas para la vida, cuenta la anécdota de cuando se asomó por el acantilado de Praia do Amor y vio el infierno mismo sobre el mar. El inframundo de los cuerpos, rodeados de fuego, era tan atractivo como aterrador.  Levantó la vista y entendió que la verdadera fiesta estaba allá arriba, o que al menos, si había fiesta, era la combinación del cielo y el infierno. La galaxia se le caía encima. Pipa es ese punto extremo de la naturaleza fascinante y la noche endemoniada, muchos turistas llegan buscando una u otra cosa, pero la magia está en poder articularlos. En Pipa podés perder la conciencia, abrazar un delfín, mirar el cielo y entenderlo todo; podés ahogarte rodeado de pececitos, palmeras y rocas inmensas y ser rescatado justo a tiempo por un surfista oportuno; en Pipa vimos una bola de fuego estallar tras una nube y formar mil colores; Pipa es la tierra de la mutación, la playa siempre cambia, uno cambia con ella y los planes no duran más de lo que se tarda en proponerlos. Aunque estrictamente hablando el operativo delfín de esta tarde fue un fracaso, resultó que en algún momento de este día me exorcicé de Buenos Aires. Quizás fue la cerveza, o la multitud, o la nuca desconocida, sea lo que sea, ahora que mi cabeza está invadida de trópico caigo en cuenta de que mañana no me voy.

Casi un mes y medio después S ya había arrancado hacia el sur y la novedad y yo  decidimos quedarnos en Pipa, que ya no era otro pueblo turístico sino las calles que me enseñaron a vivir lejos de la ciudad. En ese momento ya sabía en dónde comprar el pan, a qué hora comprarlo en cada lugar, qué mercados eran mejores para las verduras y cuáles para la carne. En algún momento me reí de LF por caminar las calles levantando los brazos cual reina de América hasta que sin darme cuenta llegué a ese punto en que yo misma no podía hacer ni cien metros sin detenerme tres o cuatro veces para saludar. En Pipa se dieron las condiciones para que Acasomos se convierta en los que es, fueron sus noches las que permitieron que estas caras, estas ganas y estas ideas se conjuguen en esta página; fueron las miradas, el sonido de la música, las pequeñas coincidencias las que sin darnos mucha cuenta nos fueron encontrando entre los cuatro. Desde el principio teníamos mucho para compartir y quisimos hacerlo en la plaza. El proyecto Praça Viva fue el primer paso que dimos todos juntos. Las plazas son el núcleo por excelencia de cualquier pueblo en cualquier rincón, y la plaza de Pipa, tal como estaba, pasaba desapercibida. Queríamos hacerla estallar en todo su potencial, con pinturas, con talleres y con vida, nosotros lo impulsábamos pero los protagonistas eran los artistas locales. Porque al final Pipa se define por ese choque entre extranjeros y nativos. En algún punto, quisimos hacer de ese choque una fusión. Sobraban las ganas y nos acercamos a la municipalidad; la municipalidad, burocráticamente desorganizada, con sonrisas y palabras de admiración dijo que claro, que cómo no, que todo era fantástico, qué bien que tengan la grilla de actividades tan definida, qué lindo todo pero mañana. O pasado. O la semana que viene. Y así pasaron los meses y la plaza de Pipa  se sumo a las miles de plazas perdidas en los archivadores de las oficinas estatales. Me gusta pensar que nuestro rol en Praça Viva fue la creación del mito: durante meses corrimos la bola, el boca en boca en todo su esplendor, y ya no éramos nosotros solos los que estábamos a la espera del veredicto, a todos nos pasó caminar las calles y explicar una vez, y otra, y otra, que la municipalidad, que dicen que ya ya ya, que el secretario del secretario del secretario iba a hablar con el otro secretario para decirle al secretario superior que el secretario,  el otro, estaba muy pero muy interesado. Pero el entusiasmo de la gente estaba, y, al final, Praça viva era para la gente, así que cuando nosotros ya no estuviéramos la idea iba a quedar impresa en esas personas que vieron el potencial de la propuesta. LF me escribió hace unos días que la plaza se reformó y me hizo feliz. Praça viva, inconclusa y todo, fue para nosotros todo un éxito porque explotó en algo más grande que ya no necesita burocracias. Pipa fue para mí puro motor. Si ahora mismo escribo esto es porque las circunstancias me llevaron hasta ese pueblo en el centro del mundo, ese paraíso mutante que no es el punto cero del viaje de ninguno pero si es el quiebre, el pico más oriental del continente que da perspectiva y despliega el mapa.

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El orden del caos

  Si quiero escribir y la hoja no quiere escribirse no hay juez  que medie en el asunto y siempre soy yo la que se va llorando y siempre es ella la que se queda inmaculada entre la comodidad de sus dos tapas.
 

                        Cuando viajo me cuesta escribir. Alguien que me enseñó mucho de lo que sé me dijo que escribir es el arte de sentar el culo en la silla, entonces atribuyo a la belleza del movimiento, a concentrar todos mis sentidos en vivir, el haber resignado por un momento el pequeño instante de detenida reflexión que necesito para acomodar, ¿domar?, el caos de palabras. Si elijo por ahora vivir, entonces deposito confianza plena en la acumulación y la memoria para que en algún momento, en este momento, de breve sedentarismo, con el viento que entra por los agujeritos semidescosidos del mosquitero de la carpa, pueda decir alguna cosa.  Como sea, para sentar el culo en la silla, o en la colchoneta inflable, fue necesario que otro siente su culo en mis palabras, y no es una metáfora rebeldemente grotesca, tuvieron que efectivamente limpiarse el culo con mis textos para que me agarre la urgencia de la contemplación, para suspender por los minutos necesarios la velocidad de la vida y morir un poco entre recuerdos.

                        Ahora que estoy dispuesta a contarlo todo la lengua se burla de mis ganas de decir. Ninguna palabra es lo suficientemente precisa y llega la incómoda certeza de que el balbuceo desesperado es lo más verdadero que me queda, el puro sonido librado de palabras que vienen a tergiversar la honestidad del caos, para ordenarlo, como siempre sucede con el orden, con la más violenta voluntad. Me advirtieron muchas cosas pero nunca me anticiparon el miedo a contar, a que los hechos se me pierdan en los bolsillos entre granos de arena y otras porquerías, a ni siquiera darme cuenta de en qué momento terminó la experiencia y empezó la imaginación. Entonces la cachetada. Dejate de joder con tanto intelectualismo berreta y ponete a laburar. Y yo, que sólo sé contar literatura, esa enorme licencia de mentiras, entonces me convierto en personaje y ahí sí, en un ahora o nunca manoteo la birome y me relajo en el azar, hago garabatos y si esos garabatos se convierten en letras dejo que se acumulen entre sí y formen sílabas, y si las sílabas también se acumulan quizás formen palabras y si forman palabras entonces me regocijo en la adrenalina del miedo por aquello que de pronto puedan llegar a decir.

                        Se escucha mucho que uno nunca sabe qué deparará el viaje, la gente, los caminos, cualquier cosa con la que uno se topa deforma y reforma los planes y uno de pronto se encuentra yendo en cualquier otra dirección, y si bien esto es lo más cierto de todo, quiero agregar lo que me parece aún más curioso: en mi experiencia yo nunca supe en qué momento iba a viajar, uno hace muchos planes, piensa en los pros y los contras de lo que supone que será esa salida, de suspenderlo todo indefinidamente, pero nada de eso tiene sentido si al final uno no encuentra el viaje sino que el viaje lo encuentra a uno.  Nadie se dio mucha cuenta cuando me fui, ni siquiera yo. De una semana para otra saqué pasaje, armé mochila y de pronto, habiéndole avisado a muy poca gente y dejado proyectos a medio hacer, ya estaba en Ezeiza masticando una medialuna gigante con sobreprecio y prometiéndole a mi viejo que en quince días, cuando volviera, iba a reconsiderar la oferta de trabajo para el poder judicial. De ese día ya pasaron cinco meses y mil vidas, y así, mientras se mezclan, se enciman, luchan y se renuevan, superpuestas y entrelazadas de diferentes formas, sin cronología ni afectada linealidad, contarán historias en esta sección: bienvenidos al Big Bang, donde no había nada, ahora hay algo, y mientras tanto nos comemos las uñas ante tanta posibilidad.

16 pensamientos en “Relatos

  1. me encanta veros tan felices hace 2 años me encontre con vosotros cuando acababais de cruzar los andes hacia la argentina por el paso de aguas negras
    nos encontramos en un camping en la provincia de san juan,yo era el mochilero español que viajaba solo y luego nos volvimos a encontrar en uspallata.os deseo un feliz viaje, cuidaros y cuidar la xt.

  2. Muay Bueno relato amigos.
    Depuis de ler Tengo ganas de marchar de Vuelta para a Linda America Latina.
    Me encuentro neste Momento na Alemania COM mucho frio.
    avanti amigos y desfruten

    José

  3. “[…] pero nada de eso tiene sentido si al final uno no encuentra el viaje sino que el viaje lo encuentra a uno.”
    Espero que a viagem me encontre um dia. Um bom texto é aquele que nos faz sentir, através da palavra, o que o autor sentiu, parabéns!!

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